Carta a un ladrón inocente de almas

Querido amigo:

Hoy la he visto. La he visto por última vez por las calles, paseando sus tacones altos contra el asfalto y su pelo navegando contra el viento otoñal. La he visto, hemos hablado, y la dejé ir.

Todo lo que te diré ella me lo confesó con sus ojos avellana clavados en el humo ascendente de un café recién hecho. Quizás eran avellanas pasadas por agua. No lo sé.

Sin pensar, se dejó caer en tus brazos, ¿te acuerdas? Quizás no mucho, quizás el olor que te llegaba al abrazarla se ha mezclado con los de otras mujeres en tu mente, quizás fue como ese alimento que tomas rápido para saciar tu hambre y ni te molestas en saborearlo. Ella, sin embargo, te recuerda bien. Recuerda su Seguir leyendo “Carta a un ladrón inocente de almas”

Cómo ser un dolorido astronauta

(Versión narrada al final*)

Hoy, como un niño, me he puesto a jugar con los planetas. Me he sentado en la alfombra con las piernas por delante, el tronco inclinado y los recuerdos haciendo temblar mi mirada. Una sonrisa a medio torcer, pero ojos algo perdidos.

El ruido de los engranajes de mi mente llena el hueco que hay entre los juguetes y las paredes.

Mi planeta y el tuyo, por puro azar universal, acabaron en órbitas muy cercanas. Giraban tanteándose el uno al otro, sacando a relucir sus más bonitas lunas. A mí las tuyas me parecían preciosas. Nos mandábamos mensajes mediante asteroides y naves que, ahora que lo recuerdo, eran bastante inexperimentadas. Los pequeños habitantes de nuestros planetas hacían mapas del planeta vecino, sacaban sus grandes telescopios para analizar y recordar cada centímetro de la otra superficie. Todo un movimiento planetario-social, una revuelta, un fenómeno extendido. Los científicos se asombraban con las cualidades del planeta y afirmaban “¡Pero si esto es imposible!”, aunque más que una afirmación rotunda, era Seguir leyendo “Cómo ser un dolorido astronauta”

Espíritus imperiales

(Versión narrada al final*)

Es como partir palabras y dejarlas colgando en el borde del labio. Ese sentimiento de que dejas algo en tu interior que no puede salir, que lucha y grita en silencio. Exactamente así es llevar una máscara delante de todo el mundo, incluso delante de aquel que sabe lo que hay debajo.

Pero, ¿y si la máscara te salva de la muerte?

Entonces, puede que dejar las palabras partidas en tu interior no esté tan mal.

Ella, Yukiko, dulce y elegante geisha, deseada, admirada. Él, Kaito, respetado y valiente samurái, fuerte, admirado. Lo que ambos escondían debajo de esas máscaras de gloria era un pasado de hambre, de dolor. De llorar, de preguntar, de callar. De robar, de mentir, de no ser comprendido. Un pasado de pobreza.

Sin embargo, ambos tuvieron la suerte de encontrar un padrino. A él lo instruyeron en el arte de matar corazones con una katana. A ella la enseñaron a parar los corazones con una mirada.

Y así parecía que él había olvidado Seguir leyendo “Espíritus imperiales”

Detroit

(Versión narrada al final*)

Como todo a lo que no se le da importancia, su existencia pasa desapercibida. Y, como siempre, lo más silencioso es lo que más grita por dentro.
Se sentó en el centro de su cuarto (no nos importa cómo sea éste). Tomó la esfera de cristal entre sus manos y pronunció unas palabras. La única luz que entraba en el cuarto, por el momento, era la que filtraba el ventanuco, el cual, dejaba ver la calle antigua (no nos importa en concreto cuál) y sus adoquines, sus paredes de piedra, su aroma a siglos y a vida. Entonces, una segunda luz, muy tenue, aportó algo más de claridad al cuarto: la esfera empezó a emitir imágenes, tímidas e imprecisas. De momento.

Cuentan que todas las ciudades tienen un alma. Una personalidad, un color, una voz. Tienen un alma, y todas ellas suelen ser caprichosas, juguetonas, a la par que sabias y poderosas.

Como todas las mañanas, Guardián pasó la manó por la esfera para dar paso al nuevo día. Los quejidos y las alarmas empezaron su Seguir leyendo “Detroit”

Conjuros de cambio

 

(*Versión narrada al final)

Las propia naturaleza del juego requería que las ropas fuesen negras. Requería esperar a la noche del domingo. Requería, o, más bien sugería, llevar un sombrero oscuro como el cielo.

La puerta sonó y se presentó Él. Ella, Miércoles, lo llevó a su pequeño cuarto y le mostró las páginas blancas y negras que estaban tiradas sobre el suelo de madera, decorado éste con motivos irregulares (aparentemente) de tiza pálida como la luna. Lo desnudó y lo tumbó bocarriba sobre todas esas hojas arrancadas. Lo miró fijamente a los ojos.

Era su mejor amigo, un título que se obtiene después de pasar por errores, por problemas, por gritos, por risas. Por viajes. Por música. Y en fin, allí estaba él. Ayudándola.

Prestándose a participar en su conjuro.

555 copiaTomó su grimorio y lo abrió por la página deseada. Miércoles se quedó de pie, el libro en las manos y Seguir leyendo “Conjuros de cambio”

Guiones aún por escribir

(*Versión narrada al final)

 

En el teatro no dejan entrar animales, y sin embargo, hay una paloma inquieta en mi pecho nada más empezar el ensayo.
Cuentan que fue la magia del drama, que vibraba entre las luces azules y blancas, la que rellenó el espacio entre nosotros y me hizo clavar mis ojos en los recovecos más íntimos de tu personalidad, la que me confesó que en realidad quería que la función nunca terminase… para así jugar eternamente a que formamos parte de la misma historia.

Te veo estirar y hacer ejercicios de respiración, uno, dos, tres… Tus ojos cerrados y tu pecho subiendo y bajando. Me acerco a ti y te ayudo, poniendo las manos en tus costillas. Así, con las yemas de mis dedos presionando sobre tu corsé, me siento nervioso (porque el contacto con tu cuerpo me eriza el razonamiento) y seguro (porque, de algún modo, estar contigo es como jugar en casa). Decides pasar texto mientras así estamos, tú de espaldas, yo respirando el perfume de tu cuello a través de tus rubios cabellos echados a un lado.

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“Señor, vos sabéis muy bien que me los disteis. Seguir leyendo “Guiones aún por escribir”

El deshielo

(*Versión narrada al final)

 

Pegué la foto a mi corcho y me dejé caer en la cama antes de cerrar los ojos para así ver mis recuerdos.

Corrí hacia el tren con todas mis fuerzas, respirando frío que se condensaba en humo blanco al salir por mis labios y chocar contra el aire. Mis pulmones se quejaban del esfuerzo y de las agujas congeladas que inundaban mi pecho con cada toma de oxígeno. El cielo grisáceo amenazaba con romper a nevar sobre mí antes de que yo entrase en el tren, con ese rugido silencioso del mal temporal a punto de llegar. Me lancé dentro justo antes del pitido y las puertas se cerraron tras de mí. Me senté al lado de la ventana y respiré con dificultad durante bastante tiempo. Con el frío latente aún deshaciendo mis dedos, me despedí de mi amante, Barcelona, y me embarqué en un viaje de horas y horas que me llevaría hasta mi chica, hasta Madrid. Me envolví en mi abrigo negro y me acurruqué, abrazándome las rodillas.

El viaje me aportó de todo: gente que iba y venía, paisajes, un cielo que se abrió… Esos días son los que más me gustan. Luz deslumbrante que se mezcla con el frío invernal y calienta la piel helada a punto de cuartear. Dejé que el calor solar bañase mi cara aún fría y cerré los ojos.

Horas después, las puertas se abrieron en un pueblo y solo entró una persona. En mi vagón, más específicamente. Llevaba ropas blancas y casi veraniegas, con una funda de guitarra a sus espaldas. Sonreía. Tenía Seguir leyendo “El deshielo”

Corazones como lentes


(*Versión narrada al final)

Niña pequeña de ojos enormes, oscuros, ¿qué haces en el mundo
que no te corresponde?

Desde que Lucía aprendió a comunicarse, todo fueron problemas. Su lenguaje, según cuentan sus padres, no era el que acostumbran a usar los otros niños. No gritaba, no lloraba, no balbuceaba siquiera. Ella, con gestos calmados, componía imágenes en papel, en arena, e incluso con los juguetes que tuviese a mano. Sin embargo, sus dibujos no eran muy buenos y a sus padres les costaba entenderla. Hasta que, finalmente, ella encontró la que sería su lengua: la cámara.

Aprendió del idioma de sus padres lo básico para sobrevivir. Todo lo demás, lo que sentía, sus aspiraciones, deseos y odios, quedaba registrado sobre papel fotográfico en letras de luz. Para ella, el abecedario tenía 7 colores que a su vez se combinaban de diferentes maneras para así generar más palabras, que se disponían en fondos de múltiples formatos. De esa manera, Lucía expresaba sentimientos e historias completas. Para ella, quizás, los blancos que hay entre las letras que usted está leyendo ahora mismo tuvieran más información que esas líneas negras y repetitivas que manchan el fondo lleno de luz pálida. Ella leía luces, escribía en fotones.

Una vez, quiso representar la pérdida de su abuelo y el dolor que la recorría por dentro. Seguir leyendo “Corazones como lentes”

Matemática felina

(*Versión narrada al final)

 

 

Todos los seres vivos aprenden. Dependiendo de sus habilidades, por supuesto, se dedicarán a una cosa u otra. Muchos gatos se dedican a cazar. Otros, prefieren dar cariño a la mano que les da de comer (algún ronroneo no viene mal para tal fin). Y hay algunos otros que se dedican a otras cosas, como, por ejemplo, a las matemáticas. Sí, existen los gatos matemáticos. Y nuestra historia, no trata de uno, sino de dos.

Él se llamaba Bola. Quizás su nombre ya lo destinaba a dedicarse a la geometría (quizás… ¿todos tenemos un punto de destino que no podemos evitar?). Ella, se llamaba Fermat. Para aquellos a los que les suene el nombre, sabrán que, ejerciendo el destino en su nombre, el fin de esta historia la recubrirá de misterio.

Se conocieron en… Bueno. Mejor digamos que fue ella la que lo conoció a él. Y tampoco concretemos en el cómo y cuándo (aunque algo escuché de que fue en una clase respecto al número áureo, proporciones de belleza presentes en el día a día, en la luz, en la creación misma… el arte a través de las matemáticas naturales, vaya). Sabemos que él llevaba gafas grandes que ocultaban dos esferas verdosas y que era negro de arriba abajo, mientras que ella era muy peluda, blanca, de ojos amarillentos y brillantes.

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El orden lógico de las cosas

*(Versión narrada al final)

 

Murió.

Y no, no estamos destripando el final de la historia, pues la muerte es el fin previsible y común de cualquier historia. No es dramático, no es triste. Sigue el orden lógico de las cosas.

Nos referimos, en este caso, a la muerte de una amapola. Curioso, ¿verdad? Ésta, acabó aplastada por la herradura de un caballo. Según cuentan, era un caballo indomable, casi furioso, con una energía desbordante. En su impetuosa carrera no cabía esperar y perder tiempo en preocuparse por los pequeños seres vivos que decoran las alfombras de los bosques. Y por ello, nuestra amapola, murió. Según cuentan.

Esa pequeña flor había visto muchas cosas. Veranos asfixiados, inviernos llorosos. Había visto pequeños infantes arrancando de cuajo a sus hermanas para decorar las faldas largas de sus madres, conejos corriendo hacia su madriguera desesperadamente (carrera interrumpida por colmillos lobunos, siguiendo el orden lógico de las cosas), e incluso abejas sacando vida de ella y de sus compañeras. Pero la historia que nos concierne es la que le dio la muerte a esta amapola. Dicha historia, es una historia de humanos. Ella había visto a muchos de ellos: los que criaban animales para luego matarlos (ya saben ustedes, el orden lógico), aquellos que recolectaban en cestos lo que encontraban… e incluso jóvenes que, ya leídos en el arte de arrancar flores, como ya se ha explicado, cortejaban doncellas usando a la madre naturaleza para decorar los cabellos de sus amadas (¿o no tan amadas?). Algunos conseguían lo que querían y recibían un beso. Algunos conseguían lo que querían y tendían a la joven sobre las flores.

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