El orden lógico de las cosas

*(Versión narrada al final)

 

Murió.

Y no, no estamos destripando el final de la historia, pues la muerte es el fin previsible y común de cualquier historia. No es dramático, no es triste. Sigue el orden lógico de las cosas.

Nos referimos, en este caso, a la muerte de una amapola. Curioso, ¿verdad? Ésta, acabó aplastada por la herradura de un caballo. Según cuentan, era un caballo indomable, casi furioso, con una energía desbordante. En su impetuosa carrera no cabía esperar y perder tiempo en preocuparse por los pequeños seres vivos que decoran las alfombras de los bosques. Y por ello, nuestra amapola, murió. Según cuentan.

Esa pequeña flor había visto muchas cosas. Veranos asfixiados, inviernos llorosos. Había visto pequeños infantes arrancando de cuajo a sus hermanas para decorar las faldas largas de sus madres, conejos corriendo hacia su madriguera desesperadamente (carrera interrumpida por colmillos lobunos, siguiendo el orden lógico de las cosas), e incluso abejas sacando vida de ella y de sus compañeras. Pero la historia que nos concierne es la que le dio la muerte a esta amapola. Dicha historia, es una historia de humanos. Ella había visto a muchos de ellos: los que criaban animales para luego matarlos (ya saben ustedes, el orden lógico), aquellos que recolectaban en cestos lo que encontraban… e incluso jóvenes que, ya leídos en el arte de arrancar flores, como ya se ha explicado, cortejaban doncellas usando a la madre naturaleza para decorar los cabellos de sus amadas (¿o no tan amadas?). Algunos conseguían lo que querían y recibían un beso. Algunos conseguían lo que querían y tendían a la joven sobre las flores.

La historia que dio muerte a la amapola, pues, trata de una joven y su amado. Sí, amado. Y ella también era amada por él. No estamos seguros del nombre de ella, llamémosla Novia. Era hermosa, muy hermosa. En su pecho guardaba un amor intenso que se desfogaba entre los arbustos y aliviaba sus retorcidos deseos de pasión. El que acallaba sus ansias… ese, a ese sí que lo conocemos.

La pequeña amapola los veía gritarse y llorar. Los veía reconciliándose entre cuchilladas de besos, a cada cual más retorcida para rasgar más la templanza del otro y llevarlo a la posesión de la lujuria. Era una relación intensa. Eso, desde el pequeño punto de vista de una flor, era lo que hacía a un humano sentirse vivo: la intensidad. A una flor le bastaba con ver el sol aparecer todos los días, sentir la lluvia de vez en cuando y tener una tierra firme y rica que la sostuviese. Sin embargo, los humanos, necesitan esa intensidad. El dolor y la tristeza, al contrario de lo que muchos piensan, no se asocian a la muerte. Esos sentimientos de agonía, así como los sentimientos más intensos de felicidad y placer, se reservan para los vivos. Los verdaderos muertos son los que viven sin sentir. Como las plantas.

Si vivir era pasar de un extremo al otro, de la angustia al goce, del grito de un tipo al otro, del dolor al placer… Esos dos humanos vivían. Vaya que si vivían.

Según lo que contaba la brisa sofocante del verano, era ya la boda de la Novia. La amapola se alegró de que aquello fuera así. La alcoba recogería los susurros y suspiros de ambos eternamente, los grabaría como un diario de fuego e intensidad.

Sin embargo, hubo algo que sorprendió a la pequeña flor.

El novio no era él.

No era Leonardo.

Esa misma noche, los gritos furiosos de los hombres al galope la despertaron de su sueño. Agitó su pequeño tallo con temor. Estaba nerviosa, no sabía qué pasaba con aquella pareja que huía, con aquel gentío enfurecido que los perseguía. Y, desde su simple entendimiento de flor, tampoco entendió por qué los humanos eran tan complicados: Si dos de ellos se amaban, ¿qué clase de norma antinatural los impedía hablarse a caricias sin temor a ser descubiertos?

Antes de morir, la flor lo escuchó todo. Escuchó a la Vieja Muerte reírse, escuchó los rayos de la Luna impactar en el claro en el que los amantes fugitivos se escondían del Novio y de todas las navajas que se paseaban entre los oscuros árboles. Pudo escuchar los llantos, las últimas palabras de amor, los filos rajando el aire, las cuchillas yendo a dormir a las carnes de la pasión.

Poco después, un caballo al galope con su montura fue a buscar los cuerpos a la vera del río. Y, en su camino, la potente pata aplastó el pequeño cuerpo de la amapola.

paseo

Días después. Mismo claro.

-…y dicen que justo después de casarse, ella se fugó con su amante. Al parecer, tras perseguirlos, hubo una disputa y… y encontraron los cuerpos de ambos hombres en el bosque. La Novia, me han dicho, no sale de casa y no quiere volver a hablar de nadie. Impactante, ¿eh? La cosa es que a ella no la entiendo. ¿Por qué no volver a buscar a otro? Es una chica bonita…

-¿De qué le serviría? Ya intentó apagar su fuego con la suave agua de lluvia de ese Novio, todo porque la familia insistía en la boda, y mira qué boda. Unas bodas de sangre. Ella necesitaba algo más que lluvia, ella necesitaba ese torrente de agua potente que él suponía, un manantial de corrientes furiosas que calmasen sus llamaradas. Ella no podría haberse resistido jamás, pues el río que la envolvía cuando él estaba cerca era… era demasiado fuerte, tenía una potencia sobrehumana que a ella la habría arrastrado aunque diese a luz a cientos de hijos del Novio, aunque sus nietos tirasen de sus pelos y sus faldas, él… Leonardo era… era agua, era… Era un caballo, un…

Se calló.

-¿Federico?

Se agachó y recogió una flor del suelo. Se quedó mirándola mucho tiempo, pensativo.

-Federico…

-Sí, perdona. Dime.

-Nada, dejémoslo. Solo era una historia.

-Sí. Dejémoslo.

Y con la flor aún entre los dedos de uno, ambos hombres siguieron paseando de la mano.

Pero, aunque Federico quisiera, esas imágenes no se fueron de su mente. Quizás la flor, desde su eterno descanso, le hizo ver con claridad la Luna, las navajas, La Novia, el amor, la Muerte. La pasión.

Y Federico siguió el paseo con todos esos susurros lejanos en mente. Y la historia, como siempre que unas ideas caen en manos de un hombre con un pozo de sentimientos, cobró vida. Cobró intensidad. Siguiendo el orden lógico de las cosas.

.

 

*Versión narrada:

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