Corazones como lentes


(*Versión narrada al final)

Niña pequeña de ojos enormes, oscuros, ¿qué haces en el mundo
que no te corresponde?

Desde que Lucía aprendió a comunicarse, todo fueron problemas. Su lenguaje, según cuentan sus padres, no era el que acostumbran a usar los otros niños. No gritaba, no lloraba, no balbuceaba siquiera. Ella, con gestos calmados, componía imágenes en papel, en arena, e incluso con los juguetes que tuviese a mano. Sin embargo, sus dibujos no eran muy buenos y a sus padres les costaba entenderla. Hasta que, finalmente, ella encontró la que sería su lengua: la cámara.

Aprendió del idioma de sus padres lo básico para sobrevivir. Todo lo demás, lo que sentía, sus aspiraciones, deseos y odios, quedaba registrado sobre papel fotográfico en letras de luz. Para ella, el abecedario tenía 7 colores que a su vez se combinaban de diferentes maneras para así generar más palabras, que se disponían en fondos de múltiples formatos. De esa manera, Lucía expresaba sentimientos e historias completas. Para ella, quizás, los blancos que hay entre las letras que usted está leyendo ahora mismo tuvieran más información que esas líneas negras y repetitivas que manchan el fondo lleno de luz pálida. Ella leía luces, escribía en fotones.

Una vez, quiso representar la pérdida de su abuelo y el dolor que la recorría por dentro. Seguir leyendo “Corazones como lentes”

Matemática felina

(*Versión narrada al final)

 

 

Todos los seres vivos aprenden. Dependiendo de sus habilidades, por supuesto, se dedicarán a una cosa u otra. Muchos gatos se dedican a cazar. Otros, prefieren dar cariño a la mano que les da de comer (algún ronroneo no viene mal para tal fin). Y hay algunos otros que se dedican a otras cosas, como, por ejemplo, a las matemáticas. Sí, existen los gatos matemáticos. Y nuestra historia, no trata de uno, sino de dos.

Él se llamaba Bola. Quizás su nombre ya lo destinaba a dedicarse a la geometría (quizás… ¿todos tenemos un punto de destino que no podemos evitar?). Ella, se llamaba Fermat. Para aquellos a los que les suene el nombre, sabrán que, ejerciendo el destino en su nombre, el fin de esta historia la recubrirá de misterio.

Se conocieron en… Bueno. Mejor digamos que fue ella la que lo conoció a él. Y tampoco concretemos en el cómo y cuándo (aunque algo escuché de que fue en una clase respecto al número áureo, proporciones de belleza presentes en el día a día, en la luz, en la creación misma… el arte a través de las matemáticas naturales, vaya). Sabemos que él llevaba gafas grandes que ocultaban dos esferas verdosas y que era negro de arriba abajo, mientras que ella era muy peluda, blanca, de ojos amarillentos y brillantes.

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El orden lógico de las cosas

*(Versión narrada al final)

 

Murió.

Y no, no estamos destripando el final de la historia, pues la muerte es el fin previsible y común de cualquier historia. No es dramático, no es triste. Sigue el orden lógico de las cosas.

Nos referimos, en este caso, a la muerte de una amapola. Curioso, ¿verdad? Ésta, acabó aplastada por la herradura de un caballo. Según cuentan, era un caballo indomable, casi furioso, con una energía desbordante. En su impetuosa carrera no cabía esperar y perder tiempo en preocuparse por los pequeños seres vivos que decoran las alfombras de los bosques. Y por ello, nuestra amapola, murió. Según cuentan.

Esa pequeña flor había visto muchas cosas. Veranos asfixiados, inviernos llorosos. Había visto pequeños infantes arrancando de cuajo a sus hermanas para decorar las faldas largas de sus madres, conejos corriendo hacia su madriguera desesperadamente (carrera interrumpida por colmillos lobunos, siguiendo el orden lógico de las cosas), e incluso abejas sacando vida de ella y de sus compañeras. Pero la historia que nos concierne es la que le dio la muerte a esta amapola. Dicha historia, es una historia de humanos. Ella había visto a muchos de ellos: los que criaban animales para luego matarlos (ya saben ustedes, el orden lógico), aquellos que recolectaban en cestos lo que encontraban… e incluso jóvenes que, ya leídos en el arte de arrancar flores, como ya se ha explicado, cortejaban doncellas usando a la madre naturaleza para decorar los cabellos de sus amadas (¿o no tan amadas?). Algunos conseguían lo que querían y recibían un beso. Algunos conseguían lo que querían y tendían a la joven sobre las flores.

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La muerte del idealismo

 

Historia sacada de una radio parisina de pequeña audiencia.

 

Cuenta la leyenda que existe un espíritu libre y juguetón que vaga por las ciudades más grandes, en busca de almas ambiciosas, de corazones cansados. Sus ojos son oscuros y su piel blanquecina, sus susurros son embaucadores y su risa vibrante. Sus promesas, tentadoras. Se le conoce como el Demonio de los Mil Deseos.

Nadie, y repetimos, nadie, afirma haber tenido contacto con él. Pero algunos afirman haberlo visto pasear entre la gente, observar tras un árbol o simplemente, haber sentido un aliento tras ellos una noche solitaria cualquiera. Su poder, según cuentan, es terrible: Concede el deseo que más ansíes. Con solo una condición: el deseo durará hasta que el sol vuelva a asomarse al día siguiente. Doloroso, ¿verdad?

 

¿No?

Probémoslo. Seguir leyendo “La muerte del idealismo”