Espíritus imperiales

(Versión narrada al final*)

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Es como partir palabras y dejarlas colgando en el borde del labio. Ese sentimiento de que dejas algo en tu interior que no puede salir, que lucha y grita en silencio. Exactamente así es llevar una máscara delante de todo el mundo, incluso delante de aquel que sabe lo que hay debajo.

Pero, ¿y si la máscara te salva de la muerte?

Entonces, puede que dejar las palabras partidas en tu interior no esté tan mal.

Ella, Yukiko, dulce y elegante geisha, deseada, admirada. Él, Kaito, respetado y valiente samurái, fuerte, admirado. Lo que ambos escondían debajo de esas máscaras de gloria era un pasado de hambre, de dolor. De llorar, de preguntar, de callar. De robar, de mentir, de no ser comprendido. Un pasado de pobreza.

Sin embargo, ambos tuvieron la suerte de encontrar un padrino. A él lo instruyeron en el arte de matar corazones con una katana. A ella la enseñaron a parar los corazones con una mirada.

Y así parecía que él había olvidado a su hermana Yukiko entre aceros y cortes. Así parecía que ella había olvidado a su hermano Kaito entre telas y caídas de pestañas. Pero el haber dejado atrás su vergonzoso pasado de cara al público no les hacía olvidar su sangre, su amor. Por las noches acudía uno en busca de la otra, o al contrario, para así disfrutar de una compañía real, lejos de la hipocresía, diferente al maquillaje que quiere reflejar una belleza antinatural, distinta a la careta de rabia que solo quiere expresar una fortaleza inhumana. Él llegó a comprar los servicios de ella para disfrutar de un té junto a su hermana. Y ese té guardaba sus secretos mientras seguía caliente. Después, circulaba por sus gargantas y chocaban con esas verdades de falso linaje que se mantenían en el pecho.

La sociedad solo iba a ver las máscaras. Nadie quiere mirarte en el interior y descubrir tus oscuros secretos.

Así vivieron años, cada uno ejerciendo su vida con apellidos y pasados falsos, con encuentros nocturnos en los que hablaban horas y horas y volvían a ser los niños asustados de antaño, aquellos chiquillos que se defendían el uno al otro.

Sin embargo, un día un cliente se excedió con Yukiko. Su posición en la jerarquía era demasiado intimidante como para denunciar, así que calló. Pero su hermano vio la falta de luz en sus ojos, la tristeza que transmitía su sonrisa. Gritó y gritó cuando descubrió lo que ocurría. Ella era la única verdad que le quedaba en un mundo de locos. No iba a dejar que nadie consiguiese que su rincón de felicidad se fuese evaporando poco a poco. Ella intentó tranquilizarlo, en vano.

¿Qué harías si aquella persona que le da un sentido a tu día nada más levantarte se fuese apagando poco a poco por culpa del egoísmo de otra persona?

¿Qué harías si tu rosa predilecta se consume entre las cenizas de un cigarro arrojado a tierra con desprecio?

japones222Kaito concertó un encuentro anónimo con el hombre en cuestión. Se batirían en duelo a la noche. Cuando su hermana leyó en una nota lo que pretendía hacer, ya era demasiado tarde.

Acudió corriendo al claro del bosque en el que ambos combatientes deberían de estar. Nevaba con suavidad. El suelo estaba recubierto por una capa blanca espera. Llegó a tiempo para ver los últimos pasos del baile de aceros.

Kaito lanzó una estocada que cortó en el muslo al hombre. Al caer de rodillas, el samurái aprovechó la oportunidad para dibujar un corte limpio en el lado derecho del cuello. Miró a su despiadada víctima desde lo alto, respirando con fuera. Ya había acabado todo.

Levantó la katana con ambas manos, la hoja apuntando hacia abajo. No habría forma en la que pudiese sobrevivir si se supiese que había matado a alguien cuyo nombre inspiraba un miedo superior a la compasión que se pudiese sentir por una joven maltratada. Descendió la katana con fuerza hasta que cumplió su arakiri y cayó de rodillas. El acero lo seguía atravesando de parte a parte cuando cayó de bruces a la nieve.

Yukiko gritó y fue a socorrerlo, pero no había nada más que hacer. Lloró lágrimas que se le congelaron en el rostro y ahogó gritos en nieve sabia, nieve antigua que entendía su sufrir. Su hermano, lo único bueno que jamás había tenido, se fue para siempre. Por ella. Para protegerla.

.

Intentó llevar a cabo su día a día, y pudo con ello. Seguía siendo la más hermosa flor, la más delicada dama, la más excitante estrella. Pero su noche a noche la mataba. Las pesadillas rasgaban su garganta a gritos inconscientes, todas las mañanas tenía que aplicar el doble de maquillaje para ocultar las lágrimas espesas. Nadie la relacionó con los cadáveres, pero su mente bugía en dolor y remordimientos.

Una noche, motivada por una pesadilla, se levantó con el corazón palpitando fuertemente. Estaba segura de que la descubrirían en algún momento. Que ella fue lo que motivó el asesinato de dos hombres. Sin ponerse las sandalias, salió a la calle, salió de la ciudad, llegó al bosque. Llovía.

Atravesó todos los verdes paisajes llenos de charcos, raíces gruesas, piedras irregulares y ramas crujientes con sus pies descalzos que corrían con urgencia. El llover se mezclaba con su llorar.

Llegó al borde del río, que rugía con fuerza, bajaba con prisa. Extendió su kimono blanco y miró a la luna por última vez. En ella pudo ver los ojos oscuros de su hermano.

Ella fue él. Él fue ella. Ahora serían lo mismo.

Dejó caer su cuerpo a la corriente y sus últimas palabras de amor se mezclaron con el ruido que hicieron los blancos ropajes contra el viento antes de sumergirla hasta el fondo de las aguas, corriente abajo.

.

Así fue como ambos espíritus se reunieron para la eternidad. Los cuentos japoneses siguen narrando las maravillas que la Dama de la Nieve regala a los que se aman. Lucha porque un amor real, verdadero, ya sea amistoso, familiar o pasional, sea más que un sentimiento. Lucha porque sea una realidad. Lucha porque la luz de tu día se mantenga encendida e ilumine tus noches más oscuras.

El Príncipe de la Lluvia ejerce su magia contra todo el egoísmo humano sobre otros. Lucha contra todos aquellos que usan a otras a personas como objetos, como medios y no como fines en sí mismos. Su fuerza hace que los actos crueles se vuelvan contra uno. Su potencia refuerza a los de corazón puro, los de corazón arrepentido. Los de corazón amante.

Y, en las noches de luna llena, ambos espíritus blanquecinos y brillantes se reúnen para descansar el uno en el otro, haciendo de la eternidad una milésima de segundo deliciosa. Justo al contrario de lo que los humanos podemos llegar a hacer.

japos3

 

*Versión narrada:

 

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