El deshielo

(*Versión narrada al final)

 

Pegué la foto a mi corcho y me dejé caer en la cama antes de cerrar los ojos para así ver mis recuerdos.

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Corrí hacia el tren con todas mis fuerzas, respirando frío que se condensaba en humo blanco al salir por mis labios y chocar contra el aire. Mis pulmones se quejaban del esfuerzo y de las agujas congeladas que inundaban mi pecho con cada toma de oxígeno. El cielo grisáceo amenazaba con romper a nevar sobre mí antes de que yo entrase en el tren, con ese rugido silencioso del mal temporal a punto de llegar. Me lancé dentro justo antes del pitido y las puertas se cerraron tras de mí. Me senté al lado de la ventana y respiré con dificultad durante bastante tiempo. Con el frío latente aún deshaciendo mis dedos, me despedí de mi amante, Barcelona, y me embarqué en un viaje de horas y horas que me llevaría hasta mi chica, hasta Madrid. Me envolví en mi abrigo negro y me acurruqué, abrazándome las rodillas.

El viaje me aportó de todo: gente que iba y venía, paisajes, un cielo que se abrió… Esos días son los que más me gustan. Luz deslumbrante que se mezcla con el frío invernal y calienta la piel helada a punto de cuartear. Dejé que el calor solar bañase mi cara aún fría y cerré los ojos.

Horas después, las puertas se abrieron en un pueblo y solo entró una persona. En mi vagón, más específicamente. Llevaba ropas blancas y casi veraniegas, con una funda de guitarra a sus espaldas. Sonreía. Tenía una mirada, brillante, podría decir. Algo en él transmitía… calor. Pero un calor alegre, de estos calores que te puede dar un abrazo cariñoso o unas palabras de aliento cuando lloras. Daba el calor del amigo que llevas un año sin ver, el calor de un cruce de miradas que quieren decir algo pero se conforman con una sonrisa. Él era el propio deshielo.

Su actitud me intrigaba: su sonrisa que parecía inherente a su ser, su aura brillante, sus ademanes suaves pero enérgicos y a la vez reconfortantes.

En un momento preciso, sacó su guitarra y dio unos punteos. Unos simples acordes me sirvieron para ya dejarme totalmente hipnotizado. Me acerqué a él y empezamos a hablar. O más bien, era yo el que hablaba y escuchaba. Él simplemente se introducía en mí mediante frases y gestos. Poco a poco, su calor fue calando en mi interior.

Sin darme cuenta, llegamos a Madrid. El azul del cielo se había transformado ya en un negro opaco con un diamante lunar. El frío volvió, pero yo ya no lo notaba, estando al lado de ese ángel, ese ser que tenía algo mágico que producía alegría, un sentimiento que iba desde lo profundo de mi pecho hasta estirar una sonrisa sincera.

No tenía donde dormir, me confesó.

Vente a mi casa, le ofrecí.

La conversación siguió toda la noche. Me fascinaba ese ser, que era capaz de ver algo precioso en cada error, la luz en los ojos de una esfinge atormentada, lo entrañable de un café a media tarde. Quería quedarme a vivir en su mundo, en sus sueños y en sus preocupaciones. Era un alma brillante que alumbró mis sombras.

Entonces, en mitad de la noche, sacó la guitarra de la funda, la desnudó ante mí, y él desnudó su alma para mí: empezó a cantar.

Su voz es lo más cercano al cielo que ha llegado a rozar mi vida. No sabría describirla. Es como ese sueño que intentas exteriorizar y contarle a tu mejor amigo, pero nunca parece tan maravilloso como está grabado en tu mente. Es como cuando cantas esa nana que tu madre te susurraba de pequeño hasta que caías dormido: ¿acaso le dice a alguien lo mismo que a ti?

Su voz, su música, era una vela en la cueva húmeda y solitaria de mi interior.

Hablaba de magia, de calor, de nubes, de colores, de sombras danzantes, de corazones que se abrían y cerraban, de lunas que recorrían el día de parte a parte, de cisnes de diamante, de leones domésticos, de amores imposibles. Hablaba de vida, hablaba de muerte. Hablaba de luz.

Dejó la guitarra contra la pared y me hizo una pregunta que ahora mismo no puedo recordar. Hablé y reí a partes iguales,guitarrayope2 empapado de la atmósfera de alegría que había creado de madrugada en mi cuarto. Los rayos rojizos del amanecer empezaron a colarse por mi ventana. El ángel cogió su cámara de fotos instantánea y pulsó el botón, con una sonrisa blanquecina reluciendo en su boca. La dejó en la mesa y se tumbó en la cama, echando las cortinas y dejando la habitación bajo una luz tenue y calmada. Con esa sonrisa suya me invitó a la cama. No solo a dormir: a descansar.

Me acarició el pelo hasta que me quedé dormido entre sus brazos, como el niño que escondí en mi interior años atrás y del que, sinceramente, me avergüenzo muchas veces.

Y así es como me quedé. Pues no volvió a aparecer. Desapareció y dejó en mi vida dos cosas.

Una fotografía.

Y miles de imágenes que guardo como tesoros en mi mente, historias inexplicables, secretos para transpirar felicidad con tan solo ver ese pequeño detalle que hace que la realidad que estoy viviendo sea única y por tanto, especial. Me dejó unos secretos para levantarme todos los días con una sonrisa (pues, según me confesó, eso es una decisión, y no una bendición).

Porque a veces, solo necesitamos que llegue algo o alguien que descongele nuestros escudos como témpanos, alguien que nos quite los miedos, alguien que nos explique que la risa brota del interior, que no te la da nadie.

Porque a veces, solo necesitamos sacar el corazón y dejarlo a secar al sol.

Porque a veces, solo necesitamos que alguien pronuncie muy bajito palabras de vida eterna.

Y, gracias a él, todos mis inviernos son agostos.

 

*Versión narrada:

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