Matemática felina

(*Versión narrada al final)

 

 

Todos los seres vivos aprenden. Dependiendo de sus habilidades, por supuesto, se dedicarán a una cosa u otra. Muchos gatos se dedican a cazar. Otros, prefieren dar cariño a la mano que les da de comer (algún ronroneo no viene mal para tal fin). Y hay algunos otros que se dedican a otras cosas, como, por ejemplo, a las matemáticas. Sí, existen los gatos matemáticos. Y nuestra historia, no trata de uno, sino de dos.

Él se llamaba Bola. Quizás su nombre ya lo destinaba a dedicarse a la geometría (quizás… ¿todos tenemos un punto de destino que no podemos evitar?). Ella, se llamaba Fermat. Para aquellos a los que les suene el nombre, sabrán que, ejerciendo el destino en su nombre, el fin de esta historia la recubrirá de misterio.

Se conocieron en… Bueno. Mejor digamos que fue ella la que lo conoció a él. Y tampoco concretemos en el cómo y cuándo (aunque algo escuché de que fue en una clase respecto al número áureo, proporciones de belleza presentes en el día a día, en la luz, en la creación misma… el arte a través de las matemáticas naturales, vaya). Sabemos que él llevaba gafas grandes que ocultaban dos esferas verdosas y que era negro de arriba abajo, mientras que ella era muy peluda, blanca, de ojos amarillentos y brillantes.

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El orden lógico de las cosas

*(Versión narrada al final)

 

Murió.

Y no, no estamos destripando el final de la historia, pues la muerte es el fin previsible y común de cualquier historia. No es dramático, no es triste. Sigue el orden lógico de las cosas.

Nos referimos, en este caso, a la muerte de una amapola. Curioso, ¿verdad? Ésta, acabó aplastada por la herradura de un caballo. Según cuentan, era un caballo indomable, casi furioso, con una energía desbordante. En su impetuosa carrera no cabía esperar y perder tiempo en preocuparse por los pequeños seres vivos que decoran las alfombras de los bosques. Y por ello, nuestra amapola, murió. Según cuentan.

Esa pequeña flor había visto muchas cosas. Veranos asfixiados, inviernos llorosos. Había visto pequeños infantes arrancando de cuajo a sus hermanas para decorar las faldas largas de sus madres, conejos corriendo hacia su madriguera desesperadamente (carrera interrumpida por colmillos lobunos, siguiendo el orden lógico de las cosas), e incluso abejas sacando vida de ella y de sus compañeras. Pero la historia que nos concierne es la que le dio la muerte a esta amapola. Dicha historia, es una historia de humanos. Ella había visto a muchos de ellos: los que criaban animales para luego matarlos (ya saben ustedes, el orden lógico), aquellos que recolectaban en cestos lo que encontraban… e incluso jóvenes que, ya leídos en el arte de arrancar flores, como ya se ha explicado, cortejaban doncellas usando a la madre naturaleza para decorar los cabellos de sus amadas (¿o no tan amadas?). Algunos conseguían lo que querían y recibían un beso. Algunos conseguían lo que querían y tendían a la joven sobre las flores.

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La muerte del idealismo

 

Historia sacada de una radio parisina de pequeña audiencia.

 

Cuenta la leyenda que existe un espíritu libre y juguetón que vaga por las ciudades más grandes, en busca de almas ambiciosas, de corazones cansados. Sus ojos son oscuros y su piel blanquecina, sus susurros son embaucadores y su risa vibrante. Sus promesas, tentadoras. Se le conoce como el Demonio de los Mil Deseos.

Nadie, y repetimos, nadie, afirma haber tenido contacto con él. Pero algunos afirman haberlo visto pasear entre la gente, observar tras un árbol o simplemente, haber sentido un aliento tras ellos una noche solitaria cualquiera. Su poder, según cuentan, es terrible: Concede el deseo que más ansíes. Con solo una condición: el deseo durará hasta que el sol vuelva a asomarse al día siguiente. Doloroso, ¿verdad?

 

¿No?

Probémoslo. Seguir leyendo “La muerte del idealismo”