Guiones aún por escribir

(*Versión narrada al final)

 

En el teatro no dejan entrar animales, y sin embargo, hay una paloma inquieta en mi pecho nada más empezar el ensayo.
Cuentan que fue la magia del drama, que vibraba entre las luces azules y blancas, la que rellenó el espacio entre nosotros y me hizo clavar mis ojos en los recovecos más íntimos de tu personalidad, la que me confesó que en realidad quería que la función nunca terminase… para así jugar eternamente a que formamos parte de la misma historia.

Te veo estirar y hacer ejercicios de respiración, uno, dos, tres… Tus ojos cerrados y tu pecho subiendo y bajando. Me acerco a ti y te ayudo, poniendo las manos en tus costillas. Así, con las yemas de mis dedos presionando sobre tu corsé, me siento nervioso (porque el contacto con tu cuerpo me eriza el razonamiento) y seguro (porque, de algún modo, estar contigo es como jugar en casa). Decides pasar texto mientras así estamos, tú de espaldas, yo respirando el perfume de tu cuello a través de tus rubios cabellos echados a un lado.

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“Señor, vos sabéis muy bien que me los disteis. Seguir leyendo “Guiones aún por escribir”

El deshielo

(*Versión narrada al final)

 

Pegué la foto a mi corcho y me dejé caer en la cama antes de cerrar los ojos para así ver mis recuerdos.

Corrí hacia el tren con todas mis fuerzas, respirando frío que se condensaba en humo blanco al salir por mis labios y chocar contra el aire. Mis pulmones se quejaban del esfuerzo y de las agujas congeladas que inundaban mi pecho con cada toma de oxígeno. El cielo grisáceo amenazaba con romper a nevar sobre mí antes de que yo entrase en el tren, con ese rugido silencioso del mal temporal a punto de llegar. Me lancé dentro justo antes del pitido y las puertas se cerraron tras de mí. Me senté al lado de la ventana y respiré con dificultad durante bastante tiempo. Con el frío latente aún deshaciendo mis dedos, me despedí de mi amante, Barcelona, y me embarqué en un viaje de horas y horas que me llevaría hasta mi chica, hasta Madrid. Me envolví en mi abrigo negro y me acurruqué, abrazándome las rodillas.

El viaje me aportó de todo: gente que iba y venía, paisajes, un cielo que se abrió… Esos días son los que más me gustan. Luz deslumbrante que se mezcla con el frío invernal y calienta la piel helada a punto de cuartear. Dejé que el calor solar bañase mi cara aún fría y cerré los ojos.

Horas después, las puertas se abrieron en un pueblo y solo entró una persona. En mi vagón, más específicamente. Llevaba ropas blancas y casi veraniegas, con una funda de guitarra a sus espaldas. Sonreía. Tenía Seguir leyendo “El deshielo”

Corazones como lentes


(*Versión narrada al final)

Niña pequeña de ojos enormes, oscuros, ¿qué haces en el mundo
que no te corresponde?

Desde que Lucía aprendió a comunicarse, todo fueron problemas. Su lenguaje, según cuentan sus padres, no era el que acostumbran a usar los otros niños. No gritaba, no lloraba, no balbuceaba siquiera. Ella, con gestos calmados, componía imágenes en papel, en arena, e incluso con los juguetes que tuviese a mano. Sin embargo, sus dibujos no eran muy buenos y a sus padres les costaba entenderla. Hasta que, finalmente, ella encontró la que sería su lengua: la cámara.

Aprendió del idioma de sus padres lo básico para sobrevivir. Todo lo demás, lo que sentía, sus aspiraciones, deseos y odios, quedaba registrado sobre papel fotográfico en letras de luz. Para ella, el abecedario tenía 7 colores que a su vez se combinaban de diferentes maneras para así generar más palabras, que se disponían en fondos de múltiples formatos. De esa manera, Lucía expresaba sentimientos e historias completas. Para ella, quizás, los blancos que hay entre las letras que usted está leyendo ahora mismo tuvieran más información que esas líneas negras y repetitivas que manchan el fondo lleno de luz pálida. Ella leía luces, escribía en fotones.

Una vez, quiso representar la pérdida de su abuelo y el dolor que la recorría por dentro. Seguir leyendo “Corazones como lentes”

Matemática felina

(*Versión narrada al final)

 

 

Todos los seres vivos aprenden. Dependiendo de sus habilidades, por supuesto, se dedicarán a una cosa u otra. Muchos gatos se dedican a cazar. Otros, prefieren dar cariño a la mano que les da de comer (algún ronroneo no viene mal para tal fin). Y hay algunos otros que se dedican a otras cosas, como, por ejemplo, a las matemáticas. Sí, existen los gatos matemáticos. Y nuestra historia, no trata de uno, sino de dos.

Él se llamaba Bola. Quizás su nombre ya lo destinaba a dedicarse a la geometría (quizás… ¿todos tenemos un punto de destino que no podemos evitar?). Ella, se llamaba Fermat. Para aquellos a los que les suene el nombre, sabrán que, ejerciendo el destino en su nombre, el fin de esta historia la recubrirá de misterio.

Se conocieron en… Bueno. Mejor digamos que fue ella la que lo conoció a él. Y tampoco concretemos en el cómo y cuándo (aunque algo escuché de que fue en una clase respecto al número áureo, proporciones de belleza presentes en el día a día, en la luz, en la creación misma… el arte a través de las matemáticas naturales, vaya). Sabemos que él llevaba gafas grandes que ocultaban dos esferas verdosas y que era negro de arriba abajo, mientras que ella era muy peluda, blanca, de ojos amarillentos y brillantes.

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El orden lógico de las cosas

*(Versión narrada al final)

 

Murió.

Y no, no estamos destripando el final de la historia, pues la muerte es el fin previsible y común de cualquier historia. No es dramático, no es triste. Sigue el orden lógico de las cosas.

Nos referimos, en este caso, a la muerte de una amapola. Curioso, ¿verdad? Ésta, acabó aplastada por la herradura de un caballo. Según cuentan, era un caballo indomable, casi furioso, con una energía desbordante. En su impetuosa carrera no cabía esperar y perder tiempo en preocuparse por los pequeños seres vivos que decoran las alfombras de los bosques. Y por ello, nuestra amapola, murió. Según cuentan.

Esa pequeña flor había visto muchas cosas. Veranos asfixiados, inviernos llorosos. Había visto pequeños infantes arrancando de cuajo a sus hermanas para decorar las faldas largas de sus madres, conejos corriendo hacia su madriguera desesperadamente (carrera interrumpida por colmillos lobunos, siguiendo el orden lógico de las cosas), e incluso abejas sacando vida de ella y de sus compañeras. Pero la historia que nos concierne es la que le dio la muerte a esta amapola. Dicha historia, es una historia de humanos. Ella había visto a muchos de ellos: los que criaban animales para luego matarlos (ya saben ustedes, el orden lógico), aquellos que recolectaban en cestos lo que encontraban… e incluso jóvenes que, ya leídos en el arte de arrancar flores, como ya se ha explicado, cortejaban doncellas usando a la madre naturaleza para decorar los cabellos de sus amadas (¿o no tan amadas?). Algunos conseguían lo que querían y recibían un beso. Algunos conseguían lo que querían y tendían a la joven sobre las flores.

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La muerte del idealismo

 

Historia sacada de una radio parisina de pequeña audiencia.

 

Cuenta la leyenda que existe un espíritu libre y juguetón que vaga por las ciudades más grandes, en busca de almas ambiciosas, de corazones cansados. Sus ojos son oscuros y su piel blanquecina, sus susurros son embaucadores y su risa vibrante. Sus promesas, tentadoras. Se le conoce como el Demonio de los Mil Deseos.

Nadie, y repetimos, nadie, afirma haber tenido contacto con él. Pero algunos afirman haberlo visto pasear entre la gente, observar tras un árbol o simplemente, haber sentido un aliento tras ellos una noche solitaria cualquiera. Su poder, según cuentan, es terrible: Concede el deseo que más ansíes. Con solo una condición: el deseo durará hasta que el sol vuelva a asomarse al día siguiente. Doloroso, ¿verdad?

 

¿No?

Probémoslo. Seguir leyendo “La muerte del idealismo”