(*Versión narrada al final)
Todos los seres vivos aprenden. Dependiendo de sus habilidades, por supuesto, se dedicarán a una cosa u otra. Muchos gatos se dedican a cazar. Otros, prefieren dar cariño a la mano que les da de comer (algún ronroneo no viene mal para tal fin). Y hay algunos otros que se dedican a otras cosas, como, por ejemplo, a las matemáticas. Sí, existen los gatos matemáticos. Y nuestra historia, no trata de uno, sino de dos.
Él se llamaba Bola. Quizás su nombre ya lo destinaba a dedicarse a la geometría (quizás… ¿todos tenemos un punto de destino que no podemos evitar?). Ella, se llamaba Fermat. Para aquellos a los que les suene el nombre, sabrán que, ejerciendo el destino en su nombre, el fin de esta historia la recubrirá de misterio.
Se conocieron en… Bueno. Mejor digamos que fue ella la que lo conoció a él. Y tampoco concretemos en el cómo y cuándo (aunque algo escuché de que fue en una clase respecto al número áureo, proporciones de belleza presentes en el día a día, en la luz, en la creación misma… el arte a través de las matemáticas naturales, vaya). Sabemos que él llevaba gafas grandes que ocultaban dos esferas verdosas y que era negro de arriba abajo, mientras que ella era muy peluda, blanca, de ojos amarillentos y brillantes.


